Pongo en antecedentes a aquellos y aquellas que hayan pasado este mes de agosto donde se debía estar: disfrutando de las vacaciones y desconectado de la realidad.
Al hilo del asunto Rubiales (el “piquito” no consentido que le va a costar el puesto por (machista) abuso de autoridad al presidente de la REF y veremos si algo más), se ha producido en internet un movimiento de denuncia (#SeAcabó) de actitudes similares en otros espacios: de la academia al periodismo. Precisamente en este último ocurre el caso sobre el que me gustaría escribir hoy: el de Peio H. Riaño.
Riaño es un conocido periodista cultural, que ha trabajado en Público, El Pais o eldiario.es, y que se ha creado una imagen pública y profesional como defensor del feminismo, a través de sus artículos y de libros como Las Invisibles, dedicado a la (ausencia) de pintoras en la exposición permanente del Museo del Prado (que no en sus almacenes). También se ha posicionado respecto a otras polémica en el mundo cultural, como en el caso de la destrucción de estatuas y otros elementos conmemorativos ocurridos durante las protestas del Black Live Matters, en el años 2020. Su libro Decapitados nos planteaba si queremos en nuestras ciudades monumentos dedicados a personajes que actualmente consideraríamos racistas, misóginos o asesinos de masas.
Sara Brito, también periodista cultural y antigua compañera de Riaño, decidió hacer público que, durante la etapa en que compartieron redacción, fue acosada laboralmente por Riaño, con el que había mantenido una breve relación. Reproduzco, a continuación, el texto de Brito, publicado por su compañera Paula Corroto:
Este relato pronto fue seguido por otros similares, como por ejemplo el de Bob Pop o el de Noemí Trujillo. Inmediatamente, Riaño borró sus cuentas en redes sociales y, al día siguiente, fue despedido de eldiario.es.
Más allá de la historia en sí, me parece relevante este caso por su vinculación con lo que algunos llaman “cultura de la cancelación” y que, en esta ocasión, haya afectado a una persona “de izquierdas”. Sobre lo segundo, esto ha contribuido a que adquiriese tanta relevancia, ya que gran parte de las cuentas que contribuyeron a “mover” la denuncia contra Riaño provenían de perfiles cercanos a la derecha y subrayaban, explícitamente, su condición de “aliade”. Había un no se qué de venganza vicaria en estas denuncias. De poner en su lugar a todo un sector del feminismo (y de la izquierda) que había estado dando “lecciones de moral” durante demasiado tiempo.
Precisamente hoy han aparecido dos artículos dedicados a este tema, firmados por dos de los autores que más han defendido la existencia de una “cultura de la cancelación” que Riaño, por su parte, negaba. Me refiero a Víctor Lenore y a Juan Soto Ivars. Por suerte o por desgracia, no pago la suscripción a El Confidencial, el medio en que publica Soto Ivars, así que obviaré este artículo para centrarme en el de Lenore.
Comienza Lenore citando a Mao y a la Revolución Cultural (la gran represión estatal que acabó con la vida de varios millones de personas), para vincularlo con lo ocurrido en el caso Riaño (“La máxima maoísta puede aplicarse a las turbulencias en redes de los últimos días”). Pasa entonces a contarnos lo ocurrido, identificando a Riaño como un “aliado” para, en el párrafo siguiente, mencionar la responsabilidad de los medios que, habiendo participado “en dinámicas de cancelación woke”, no han sido capaces de enfrentar las situaciones de abuso de poder en sus propias redacciones.
Todo el texto se encuentra desbordado por una suerte de “alegría por la desgracia ajena”, un sentimiento tan común para el que los alemanes tienen un nombre: schadenfreude. Un par de ejemplos. El primero, haciendo referencia a Ignacio Escolar: “¿Es legítimo quejarse por un amago de #MeToo, tan habitual en los medios donde participa? Los periodistas deberíamos tratar las reputaciones ajenas como nos gustaría que se tratase la nuestra”. El segundo, sobre Bob Pop y Noemí Trujillo: “Las denuncias por abusos en la época actual mezclan el deseo de justicia con dosis -muchas veces, inevitables- de promoción personal y exhibicionismo moral.”
El objetivo final de todo el artículo, sin embargo, no es hacer leña del árbol caído, sino señalar el camino a los “directivos progres para bajarse de la ola woke y al feminismo para entender que es probable que sean las redacciones de medios de izquierda las que más necesitan un punto violeta”. En definitiva, se trataría, como decía antes, de vincular la caída de Riaño a las campañas de “cancelación” woke (aquelarre, lo llama en otro momento) que son, dice Lenore, una “religión”.
El problema con este artículo de Lenore (y no sé si, también, con el de Soto Ivars) es que, cegados por sus propias obsesiones, yerran al identificar lo ocurrido en esta ocasión. Riaño no es Harvey Weinstein sino, más bien, la marquesa de Merteuil. El “escándalo” (una palabra lo suficientemente vieja como para escapar a la zafiedad de la “cancel culture”), no radica tanto en que Riaño haya aprovechado su posición de superioridad para abusar (laboralmente) de sus subordinadas (Rubiales), sino en que su figura pública se había construido, precisamente, alrededor de la defensa de posiciones feministas que condenan, expresamente, estas actitudes. Al igual que de Merteuil, cuyo objetivo no era únicamente llevar una vida libertina, sino mantener una reputación impecable que le permitiese “vivir en sociedad”, Riaño debía su posición social a esa imagen “impecable” de aliado feminista. Y, al igual que de Merteuil, que no logra sobrevivir a la pérdida de su reputación tras quedar al descubierto sus maquinaciones, Riaño no ha logrado superar la ruptura de su imagen pública.
No hay aquí, por tanto, nada que podamos identificar de forma inequívoca con una supuestamente novedosa “cultura de la cancelación”, sino el viejo juego de la esfera pública que castiga, a veces más, otras veces menos, las “salidas” de personaje. Y esto, queridos y queridas, es pura modernidad.
NOTA FINAL: Obviamente, no entro a valorar si la vida pública de Peio Riaño se corresponde con su vida privada o si, como sería posible y algunos señalan, ha cambiado en los últimos diez años. Esto es algo que desconozco y que, a efectos de este debate, no resulta relevante. Son sus amigos y amigas los que deberán navegar esta situación. No les envidio la tarea.


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