Un día para (pensar en) la filosofía

Hola Lucía,

Hoy, día internacional de la filosofía, no podía dejar pasar esta noticia.

Como sabes, la semana pasada se aprobaba en el la nueva Ley de Educación, la LOMLOE, que viene a sustituir a la Ley Wert, de infausto recuerdo. Como no podía ser de otra forma, la ley ha recibido críticas de todas partes. Ya es habitual que las leyes de educación sean otro territorio de batalla para los partidos políticos, que se pelean por el papel de la religión, la financiación de la concertada, o la lengua vehicular en comunidades con dos lenguas oficiales. Además, a las acostumbradas quejas de los políticos, durante los últimos años nos hemos ido acostumbrando a escuchar otras voces, otros colectivos, que no salen bien parados de estas reformas. Lo normal es que sean las humanidades las perjudicadas, pero no suelen faltar las de aquellos que señalan que falta una asignatura de método científico, u otra de educación ambiental, o una de… no sé, pon la que más te guste. Seguro que está, porque, en este país, lo de pensar que todos los problemas se resuelven creando una asignatura en educación infantil está muy extendido.

Entre las que me han llegado en esta ocasión están las de la gente de clásicas y, claro, la de los filósofos. Los de clásicas se quejan de que sus reclamaciones para, por ejemplo, que Latín fuera obligatorio en segundo ciclo de la ESO, o que Latín y Griego lo fueran en los dos cursos del Bachillerato de Humanidades, lo que me parece una cosa, esta última, bastante razonable. Yo mismo hice letras puras, y aunque ahora sería incapaz de recitarte el inicio de la Iliada en griego, como hace Boris Johnson, sí que soy capaz de conjugar rosa rosae sin romper el diptongo, gracias a mi excelente profesora, Maria Jesús, de Zamora. Aprender latín y griego en bachillerato es uno de eso retos intelectuales que agradezco haber enfrentado en ese momento.

La filosofía también se ha quejado, y en este caso el motivo es grave. En la anterior legislatura la Red Española de Filosofía arrancaba de todos los partidos políticos el compromiso de reintroducir la ética de 4º de la ESO, para de esa manera recuperar el ciclo formativo de filosofía, que incluía, además, las materias de primero y segundo de Bachillerato. Este acuerdo fue roto por el partido socialista, que no sólo la sacó de su proyecto de ley, sino que además fue el único partido que voto en contra de una propuesta de Unidas Podemos que contó con el apoyo del Grupo Plural o de VOX. El resto de partidos se abstuvieron, con lo que, finalmente, no habrá ética en cuarto de la ESO (si el senado no pone remedio).

Las voces que han defendido la inclusión de la ética han sido muchas, desde el presidente de la REF, Txetxu Ausín; la profesora de la Universidad de Salamanca, Carmen Velayos; o el profesor de filosofía más famoso de este país, Merlí. Ellos lo han hecho mil veces mejor de lo que yo lo haré jamás. Sin embargo, sí quiero decir algo sobre la educación y la cultura, en general.

Nos quejamos de esta ley, porque, como dice Villacañas en un artículo excelente, no nos ofrece un horizonte con el que emocionarnos. Y eso es innegable. Pero no debemos engañarnos: la escuela es muchas cosas, pero desde luego no es el único lugar donde un niño o una niña pueden acceder a estos saberes y a una cultura más amplia. A veces, ni siquiera es el mejor de los sitios posibles. Defendemos las escuelas porque son el mínimo común denominador, lo que permite a todos un acceso a un mínimo de cultura. Y esto es fundamental. Pero no podemos olvidar que tan importante, o más, es que estén rodeadas de un tejido cultural denso y accesible. Que haya bibliotecas bien dotadas. Grupos de teatro amateur. Coros de barrio. Cultura de base. Pero también, no lo olvidemos, ediciones baratas (¿queda de eso?). Librerías de segunda mano (¡mis amigos de traperos! O la maravillosa Mandrágora, también en Obispo Frutos). Sitios como el Itaca, donde ir a un concierto o a un recital de poesía. Como el Sur, donde ver una exposición o una charla. Sin estos lugares, que hacen que las inquietudes que se plantan en la escuela puedan crecer, estaríamos perdidos. Aprendí más en la biblioteca de mi padre, construida con ediciones baratas donde se mezclaban best sellers de J.J. Benitez, con los novísimos o con el Carvalho de Vázquez Montalbán, que en todas mis clases de literatura hasta el bachillerato. Más en una conversación con él sobre libros o música que con mis profesores, que leían la prensa mientras nosotros.. bueno, hacíamos lo que hacen los preadolescentes de 13 años, pero sin meter mucha bronca.

Queremos una ley mejor. Nos merecemos una ley mejor. Una ley que no sea un repliegue en la caverna del legislador, sino que nos deje salir del mundo de sombras y contemplar, por fin el sol. Pero fuera de la caverna queremos un mundo que nos estimule y nos empuje a más. A leer más. A escuchar más. A ver más.

Hasta la semana que viene, Lucía.

Y si prefieres escucharlo, aquí.

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