Yo no crecí en el campo

Yo no crecí en el campo. Y no. No fue por casualidad.

Yo no crecí en el campo porque mis abuelos, por parte de madre, escaparon en cuanto pudieron tras casarse.

Por parte de padre no pasó nada de eso, porque de ahí viene la parte urbana, marinera y a ratos excéntrica de la familia. Pero eso merece otras voces.

Como digo, yo no crecí en el campo porque mis abuelos salieron corriendo en cuanto se casaron. Y no les culpo.

Mi abuela, Rosa, era la mayor de tres hermanos del segundo matrimonio de mi bisabuelo. Su primera mujer murió por la gripe española. Mi bisabuelo se fue a Francia y, cuando volvió, se casó con mi bisabuela. También fundó una escuela del pueblo en una casa que tenía para los aparceros y contrató una maestra que vivía ahí mismo y luego donó unos terrenos para que se construyera la escuela pública. Pero esa es otra historia.

Mi abuelo, Salvador, fue el último en nacer de sus hermanos. Hijo póstumo, nació en el zurrón. Mi bisabuela tuvo que sacar adelante a tres hijos pequeños ella sola. En cuanto tuvo edad se puso a trabajar, transportando vino de una bodega. Mucho campo, mucho trabajo y mucha miseria. Y por medio la guerra.

En cuanto pudieron, se fueron del pueblo. Mi abuelo siguió trabajando en la bodega y luego, con el tiempo, se hizo taxista. Hace poco tuve en mis manos el abono del préstamo del banco para pagar el taxi. Mi abuela, limpiaba y planchaba fuera de casa y se implicaba en una parroquia que ella, con otras muchas mujeres, ayudó a construir.

En su casa del barrio de Los Dolores, una casa baja con patio tan propias del Campo de Cartagena, había gallinas y conejos y un trozo de tierra para cultivar y un pozo artesiano de donde sacaban el agua para hacer la comida a las gallinas que luego cegaron y un aljibe para recoger el agua de la lluvia. Y pájaros: canarios, verderones, jilgueros. Y vino, en damajuanas verdosas donde guardaban el vino dorado del campo. O un tinto “embocado”, con toques dulces, con el que en verano se hacía melocotón con vino para nuestra delicia.

Ellos habían dejado el campo, pero el campo no los había dejado a ellos.

Por eso yo no crecí en lo que ahora se llama “el rural”, pero hay partes de mi infancia que fueron, sin lugar a dudas, campesinas.

Perico el pastor venía con su rebaño a la puerta de casa de mi abuela con sus cabras y ordeñaba lo que le pidiesen. Luego mi abuela la hervía tres veces, por las maltesas, quitaba la nata y nos la hacía beber. La leche de cabra, decía, era buena para los niños.

Paseando con mi abuela nos fijábamos en las plantas del campo. No cojas amapolas, que el líquido pica. Eso son ortigas. Eso otro acelgas, cógelas que las ponemos esta noche. Ten cuidado ahí, que hay un nido de ratas.

En el patio tenía un jazminero. Siempre había jazmines en la casa.

Era amigo de los críos de la vaquería que había a 500 metros, así que íbamos a jugar al molino en ruinas. Un molino de sangre, abandonado, con unas cuadras debajo alquiladas a un pastor de ovejas. Esquivar las mierdas era un deporte. Al lado, había una balsa, donde se bañaban en verano.

Paseando con mi abuelo, me enseñaba los ciempiés y los escarabajos y a matar tijeretas con un escupitajo. “No las pises. Hay que escupirles”.

Lo llamaban de la vaquería si algún animal estaba enfermo o si había partos complicados. Recuerdo una vez que fui con él porque el potro venía mal. Cuando llegamos, ya había parido. Salió el encargado, le dio las gracias y un vaso de vino. Luego charlaron un rato. Yo miraba a los animales, buscando al potrillo (¿o era un ternero?) sin llegar a verlo.

Mi abuelo era saludaor. Pero no quería serlo. Lo venían a buscar desde Murcia y él no salía de casa. Pero acudía si mi abuela le insistía. A ella no podía decirle que no.

Una vez me mordió un perro. Recuerdo el dolor. También recuerdo a mi abuela decirle “ayúdale, Salvador”. Recuerdo la saliva y su mano caliente. Y recuerdo dejar de llorar.

Yo no crecí en el campo, pero parte de mi infancia transcurrió en ese espacio extraño que era mi barrio, que estaba en el límite. Calles sin asfaltar hasta mediados de los 80, terrenos de cultivo de cereal que se abandonaron siendo yo crío . Al fondo, una hilera de garroferos (“Cuando la guerra”, decía mi abuela, “la gente se la comía [la garrofa]. Y se hacía chocolate”).

Luego tiraron la vaquería con sus edificios de trabajo y sus cuadras y la balsa y la casa de doña María Molina y el gran jardín abandonado y el cenador y el templete de ladrillo donde también jugábamos a veces y al que se llegaba, ya al final, sorteando cascos de litros de cerveza, alguna que otra jeringuilla y condones. Y ahora hay duplex (¿cuál es el plural de “dúplex”?) y sólo queda el molino.

Yo no fui un niño de campo, pero el campo estaba allí. Siempre estaba allí.

En las lágrimas de las cosas.

Hoy, que hablamos de la España vaciada, de los pueblos abandonados, de los niños que no nacen, de los jóvenes que huyen… pienso en mis abuelos. En el camino que hicieron y en el que pude estar, al menos, un tiempo.

Hay una respuesta en esta historia, en su experiencia, que podría servirnos para articular futuros nuevos. Y creo que nuestra obligación es buscarla. Y entiendo, también entiendo, la inevitable atracción que ejerce el abismo de la nostalgia. Que tira de nosotros y nos arrastra hasta arrancarnos el llanto y los mohínes, como si fuésemos, otra vez, niños mordidos por un perro que esperan una mano caliente, húmeda, que nos calme.

Pero si tengo algo claro es que no podemos ser nuestros abuelos.

Por mucho que los eche de menos.

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