Discutir la modernidad: una costumbre saludable

Llevamos un par de días, en ese mundo aparte que es Twitter, discutiendo acerca de «La Modernidad»: qué es o qué deja de ser, cuáles han sido sus efectos, cuáles sus desventuras. Todo ello a cuenta de un texto de Hásel-Paris, un politólogo gallego que se ha curtido escribiendo en diversas publicaciones de izquierdas (El Viejo Topo, Cuarto Poder, Público, etc.), y frecuentando tertulias de la infoesfera de la derecha (Intereconomía, 13TV) representando la «postura de izquierdas» —siguiendo el camino abierto en su día por Pablo Iglesias.

El artículo en sí no expone argumentos especialmente novedosos. Publicado en la sección cultural de Vox Populi, se presenta como una crítica a lo que podríamos llamar el antitradicionalismo de la modernidad a partir del análisis de una serie de documentales y reality shows, distribuidos a través de Netflix, en los que se presenta en proceso por el cual pasan quienes deciden abandonar la comunidad ultraortodoxa judía. Hásel-Paris cita varias de ellas (One of us, El despertar de Motti Wolkenbruch, Shtisel, Unorthodox), pero en realidad habla sobre todo de Una vida nada ortodoxa, el reality que narra la experiencia de Julia Haart, quien, en apenas seis años, pasó de vivir en Monsey (un pequeño pueblo del Estado de Nueva York que es uno de los centros del judaísmo ortodoxo norteamericano), a dirigir la agencia de modelos Elite World.

A partir del análisis de esta muestra, que sólo podemos calificar como escasa, Hásel-Paris se lanza a extraer algunas generalizaciones. La primera es que Netflix ha emprendido un ataque contra la ortodoxia religiosa y, en última instancia, contra la «Tradición», que pretende suplantar con una nueva ortodoxia, la de la «Modernidad». La segunda, es que la «Modernidad» no ha sido nunca jamás otra cosa que una ruptura con esa «Tradición» que: «Para los occidentales, es la comunidad de ideas que toma forma con Sócrates y tiene su culmen con Tomás de Aquino», citando a Alasdair MacIntyre (entiendo que Tras la virtud, su libro más famoso). De estas dos afirmaciones, la primera me interesa más bien poco. Sin embargo, la segunda sí que es interesante y me gustaría dedicar unas líneas a su análisis.

Charlotte Corday allant au supplice : le mercredy 17 juillet 1793, Marianne Charlotte Corday, assassin de Marat, fut guillotinée sur la place de la Révolution, ci-devant place de Louis XV

Modernidad y tradición

Empezaré declarando que estoy totalmente de acuerdo con Hásel-Paris. En efecto, la modernidad ha sido siempre enemiga de la tradición y, en concreto, de la religiosidad más ortodoxa. Lo que no termino de entender es dónde radica la novedad de la crítica. Bastaría con recordar algunas obras de Voltaire o de Diderot, por mencionar únicamente a dos de los padres fundadores de la Ilustración, para estar de acuerdo al 100% con Hásel-Paris. La religiosa, de Diderot, es buena prueba de ello: una crítica terrible a las instituciones de la iglesia. Pero, además, y por si fuera necesario, Hásel-Paris nos ofrece un listado completo de grandes modernos que apuntaron exactamente esto. Baudelaire, Perrault, Weber, Marx… todos ellos señalan lo obvio: la Modernidad se define, inevitablemente, contra la Tradición.

A partir de aquí se abren diversos caminos y, en mi opinión, Hásel-Paris escoge el menos interesante. Para él, la respuesta al desencantamiento del mundo que es la Modernidad (por usar la expresión weberiana) es el regreso a la Tradición (eso que es lo opuesto a La Modernidad), que identifica con la religión y a esta con el amor:

Sin pretenderlo, Netflix evidencia que la Tradición es, ante todo, el querer incondicionalmente. Y la Modernidad es su enemigo declarado. La cruzada de Netflix contra el judaísmo es una cruzada contra todas las religiones. Y la cruzada contra todas las religiones es una cruzada contra el amor.

Hásel-Paris Álvarez, La cruzada de las series de Netflix contra los judíos, Vox Populi, 16/08/2021.

La respuesta al vacío de la Modernidad, por tanto, sería un regreso a la Tradición, a la religión, a las comunidades religiosas que diría MacIntyre. Pero, precisamente, esto es lo que hace que las conclusiones que de Hásel-Paris sean tan poco interesantes —como que Netflix está llevando a cabo una cruzada «contra el amor». No porque el debate esté agotado, sino porque Hásel-Paris parte de un planteamiento erróneo: la existencia de una Tradición previa a la Modernidad.

La Modernidad no sólo se constituye como lo contrario de La Tradición, es que no puede ser de otra manera. Aquí estoy de acuerdo con Hásel-Paris. El problema aparece, sin embargo, cuando su respuesta ignora algo que debería ser evidente para todos: que La Tradición no es más que una invención (una innovación) de La Modernidad. De la misma forma que lo es el antiguo régimen (indefinible si no tenemos uno nuevo). Sólo podemos identificar esa Tradición desde el momento en que los modernos dijeron: con nosotros se inicia una nueva era. La era de la Razón. Antes, sólo había oscuridad y sumisión a las ideas heredadas (La Tradición). Nosotros hemos venido a emanciparos («La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad», diría Kant). Obviamente, todo esto no es más que una invención, una simplificación y reducción de lo premoderno, pero poco importa, porque les funciona. Han conseguido crear un nuevo grupo que no existía antes: nosotros, los modernos.

O tal vez sería mejor decir dos grupos. Porque en ese mismo momento se gesta otro, opuesto a aquel, que podemos llamar tradicionalistas. Aquellos que se escandalizaban por lo que la vida moderna «nos» estaba haciendo y que reclamaban un «regreso al pasado» (sea a través del estudio de la literatura latina, de los clásicos nacionales, de la restauración de la monarquía borbónica o de la adopción de formas más «primitivas» de religión) para escapar de la corrupción (esto incluye, por cierto, al judaísmo ortodoxo, que aparece en el siglo XIX como respuesta a, sorpresa, la modernidad). Pero lo interesante, de cara a lo que nos dice Hásel-Paris, es que se trata de una respuesta, de una reacción a la propuesta de creación de una nueva comunidad política realizada por La Modernidad. Hásel-Paris nos pide, por tanto, que volvamos a un lugar que nunca existió. El de La Tradición. Eric Hobsbawm escribió en el prólogo al libro Tradiciones inventadas una definición certera de ese lugar:

El objetivo y las características de las «tradiciones», incluyendo las inventadas, es la invariabilidad. El pasado, real o inventado, al cual se refieren, impone prácticas fijas (normalmente formalizadas), como la repetición.

Hobsbawm 1983, 8

Hobsbawm opone tradición y costumbre, donde la segunda tiene un papel más dinámico y flexible: «La “costumbre” es lo que hacen los jueces, la tradición (en este caso inventada) es la peluca, la toga y otra parafernalia formal y prácticas ritualizadas que rodean esta acción sustancial» (Hobsbawm 1983, 9). Esta oposición entre tradiciones (reales o inventadas, aunque ya Peter Burke, en una reseña de 1986, criticó la posibilidad de que hubiera tradiciones más tradicionales que otras) y costumbres es mucho más interesante que la idea de una Tradición unificada que oponer a la Modernidad. Esto sólo nos conduce a aceptar los marcos impuestos por los modernos (como hace el mismo Hásel-Paris). La primera, sin embargo, nos permite analizar cómo las sociedades modernas crean nuevas costumbres que nos permiten, por ejemplo, seguir midiendo cosas, pero de forma distinta: no en palmos, pies o brazadas, sino en metros. Y lo mismo podríamos decir del amor: La Modernidad no emprende una cruzada contra el amor. Lo que nos permite es amar de formas distintas.

Lo interesante de las costumbres es que, al contrario que La Tradición, son negociables. No es una cuestión de vida o muerte, estamos dispuestos a cambiarlas si nos dan una razón (por laxa y poco consistente que, desde fuera, podamos considerar que sea). Dejamos de fumar y de beber porque nos dice el médico que es malo para nuestra salud. Dejamos de tirar cabras de los campanarios, porque nos parece un disparate. Dejamos (esto cuesta más) de torturar animales hasta su muerte por diversión. Y, sin embargo, la fiesta sigue. Nos hemos quitado las pelucas y las togas, pero seguimos impartiendo justicia. O, dicho de otra forma: seguimos teniendo un pueblo al que ir en verano y jueces a los que recurrir cuando la situación lo requiera. La Modernidad fue una revolución de las costumbres, pero con estas siguieron haciendo lo mismo que siempre: crear comunidades. Comunidades distintas, algunas de ellas nuevas, algunas extrañas —como la de los suicidas franceses, estudiada por Durkheim—, algunas definidas a la contra (como la del tradicionalismo), pero comunidades modernas todas ellas.

El problema con La Modernidad, por tanto, nunca fue que estuviese vacía de ritos, costumbres y dogmas. Desde el principio fue consciente de su valor para crear comunidades. Y desde el principio, también, tuvo claro que era necesario constituir comunidades. ¿Entonces?

La paternidad negada de Victor Frankenstein

Todos recordamos Frankenstein, la obra de Mary Shelley. Un clásico del terror que oculta, también lo sabemos, un mensaje: una potente crítica a La Modernidad, creadora de monstruos. Victor Frankenstein, el mejor, el más sabio, el más ilustrado, crea un monstruo a partir de cadáveres. Ese es el riesgo que trae consigo La Modernidad. Crear nuevas comunidades, nuevos agrupamientos, monstruosos. Donde se mezcle aquello que no puede ni debe ser mezclado. Abominaciones. Blasfemias.

Toda la vida temiendo al monstruo de Frankenstein, al ser capaz de asesinar a la niña que le ha dado una flor, porque es profundamente amoral. Pero podemos hacer otra lectura. Tal vez no tengamos que mirar al monstruo, sino a su creador. Esto es lo que hace Latour en un texto titulado Love your Monsters, publicado en Breakthrough, la revista del movimiento ecomodernista. En este artículo Latour señala algo que, en mi opinión, es mucho más productivo. El gran crimen de La Modernidad no es el haber creado nuevas costumbres, nuevas agrupaciones que sustituyesen a las Tradicionales. No, el problema es que siempre negó que lo hiciera y, para intentar ser fiel a su palabra, decidió hacer como si no existiesen. Al igual que Victor Frankenstein frente a su monstruo, los modernos miraron lo que habían creado y salieron huyendo. Esas nuevas agrupaciones, esos nuevos vínculos, debían ignorarse. La comunidad no existe, únicamente el individuo. Y estos son (o deben ser) sujetos racionales, el homo economicus que mide todo en función de su propio interés. Olvidemos los ritos, los dogmas, que permiten reconocernos como una comunidad. No sirven para nada. Y este será nuestro rito, nuestro dogma… Por debajo, por supuesto, toda una historia ignorada, la de los cuidados que hacen que todo este entramado siga girando.

Como se puede apreciar, nuevamente estoy básicamente de acuerdo con Hásel-Paris. La Modernidad creó sus propios ritos y dogmas. Pero difiero de él en dónde situamos el problema. Para Hásel-Paris el problema es la nueva dogmática que sustituye, otra vez, a la tradicional. Para mi, y aquí es donde incide Latour, el problema es el abandono de la misma. La Modernidad nos dio nuevos ritos y dogmas, nos agrupó en nuevos colectivos y luego, como Frankenstein, se desentendió de ellos. Hizo como si nunca los hubiera creado. Y ya sabemos cómo acaba eso: asesinando a una niña al borde de un lago por ver si, al igual que las flores, la niña flota.

La Modernidad se olvidó de amar a sus monstruos, de cuidarlos. Y esa tensión hizo que su proyecto (qué poco me gusta hablar en estos términos, como si La Modernidad existiese y, además, tuviera un proyecto. Pero son los términos elegidos por Hásel-Paris) evolucionase a lo que Beck llamó sociedad del riesgo. Esa transformación de La Modernidad en algo que todavía no podíamos definir de forma precisa pero que se caracterizaba por una extensión general del riesgo. Para enfrentar esta nueva realidad necesitábamos de una corrección que él llama segunda modernidad y que Stephen Toulmin, por poner otro ejemplo, identificará con el proyecto de humanizar la modernidad: «En la situación actual, no podemos ni aferrarnos a la modernidad en su forma histórica ni rechazarla totalmente, y menos aún desdeñarla. Se trata, más bien, de reformar y hasta reclamar nuestra modernidad heredada humanizándola» (Toulmin, S., Cosmópolis, 2001, p. 248).

Abandonar las ruinas de la modernidad

A esa sociedad del riesgo se le ha llamado, también, postmodernidad, que no debemos confundir con el postmodernismo, el movimiento intelectual y artístico que intenta entender su época y al que podemos criticar, sin ser injustos, de sentirse feliz habitando las ruinas de la modernidad (si bien antes deberemos ser muy cuidadosos a la hora de hacer el listado de sus miembros). Porque, en eso también creo que estamos de acuerdo, habitamos las ruinas de la modernidad. Eso sí: no porque hayamos abandonado La Tradición (eso, ya lo sabemos, no es más que otra innovación de los modernos), sino porque esta abandonó a su suerte sus creaciones que, a su vez, se han rebelado, creando un mundo inhumano, injusto y envuelto en un proceso de autodestrucción. Como el monstruo de Frankenstein. Este es el resultado de La Modernidad y es por eso que debemos abandonarla. Y, con ella, la idea de La Tradición, que podemos sustituir por la más modesta de costumbres.

El proceso que deberíamos iniciar sería una revisión de las costumbres teniendo en cuenta lo que ya sabemos: que muchas de ellas son incompatibles con la vida de lo que Haraway llama nuestras especies compañeras y, por extensión, ponen también en peligro la nuestra. Podríamos así, si somos afortunados, crear nuevas comunidades —nuevas sociedades, si eso da menos miedo—, más vinculadas, más conscientes y más respetuosas con el resto de vida en el planeta. Esta es una tarea que está por iniciar y para la que debemos convocar a cuantas más personas/cosas, mejor.

El problema, sin embargo, es que no soy capaz de encontrar esa voluntad en la propuesta de Hásel-Paris, no soy capaz de ver que exista la intención de debatir. Posiblemente, porque no deja de ser un moderno. Iconoclasta, rompe el ídolo ante nosotros: «mirad, ¿no veis que no es real? ¿Qué todo lo que os dijeron que era progresar (el dinero, el éxito, la libertad sexual) no es más que un engaño?». Pero en vez de darnos la posibilidad de analizar, de entender, de ver cómo podemos innovar y encontrar nuevas (o viejas, ¿qué importa?) opciones que debatir a partir de las cuales empezar, nuevamente, a construir, nos ofrece su propio fetiche: La Tradición que, además, no es sino la otra cara de la moneda de lo que acaba de denunciar. Por eso, o esa es mi impresión, Hásel-Paris no quiere debatir, sino adhesión o, en su defecto, oposición.

Henri Matisse (1869-1954): Liseuse au Bouquet de Roses.

Ante este cerrojazo sólo podemos recuperar una de las aportaciones más importantes de la modernidad: la experimentación. Nuestra obligación, ahora, no es poner nuevos cerrojos sino desvencijar las puertas.  No es encerrarnos en el claustrofóbico Monsey a esperar que esto escampe, como si fuésemos preppers guardando latas de fabada en un refugio subterráneo que hemos excavado en el jardín, pero tampoco quedarnos en nuestra urbanización con piscina, barbacoa y cervezas con los vecinos, aislados del mundo.

Al contrario, es el momento de abrirse a la experimentación de crear algo nuevo, compuesto por hebras del pasado, experiencias del presente y visiones del futuro que queremos. No para volver a vestir los ropajes de los modernos, por mucho que, esta vez, se los quiera hacer pasar por los de La Tradición.

Abandonar las ruinas de la modernidad, donde tan cómodos vivieron los posmodernos, para arrojarnos nuevamente a los caminos, a las encrucijadas, a las decisiones arriesgadas. Nuevamente a la aventura.

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