#lodefusaro: ese McGuffin.

Fue Hitchcock el que se inventó esto del McGuffin. Nos lo contó en esa charla magistral sobre cine que mantuvo con Truffaut en 1966, que luego se convirtió en libro (Hitchcock by Truffaut) que en España editó (y edita) Alianza con el título Hitchcock según Truffaut. Hace un par de años filmaron un documental sobre esta conversación en el que aparecen directores de la talla de Scorsese o Fincher. Poca broma. Según Hitchcock, el McGuffin no sería más que una excusa, un ardid argumental que hace avanzar la trama, pero que, en realidad, no es importante. La estilización máxima del McGuffin la logra Hitchcock en Con la muerte en los talones, una película memorable en la que en ningún momento nos queda claro por qué le ocurren tantas cosas a Cary Grant. Sólo al final, en una escena casi ininteligible, se nos dice algo sobre unos papeles robados… No importa, en realidad. El McGuffin de esta película es, precisamente, ese: sabemos que algo ha pasado, pero no qué. Y es que en realidad, el qué no es importante.

Bien, pues en eso se está convirtiendo (o debería convertirse) #lodeFusaro. En una excusa para poder hablar “de otras cosas” que sí son importantes, como yo mismo intenté hacer hace unos días. Como decía en ese artículo, dudo que esto vaya a ocurrir, por tratarse en realidad todo esto de una guerra de trincheras, pero por intentarlo que no quede. El que ha dado un primer paso ha sido Esteban Hernández, el mismo periodista que entrevistaba a Fusaro. Y lo ha hecho con un artículo publicado ayer (8 de julio) en El Confidencial titulado: Por qué regresa justo ahora la soberanía nacional: una visión desde la ‘realpolitik’.

Se trata de un excelente artículo (al contrario que el de Fusaro), que señala algunos de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo, también apuntados por el italiano, sin por ello aceptar las propuestas de aquel, sino que mantiene la puerta abierta a otras posibilidades. En este sentido, el artículo señala elementos con los que estoy plenamente de acuerdo, entre ellos, el fin de la globalización (o al menos su paralización) y la entrada en un nuevo tiempo geopolítico, marcado profundamente por la irrupción de China. Si algo lamento sobre la asignatura que impartí en el segundo cuatrimestre (Filosofía y Globalización) es no haber podido explicar a mis alumnos este momento: cómo la globalización, entendida como proceso, se había detenido, dejándonos un mundo globalizado (como realidad) y globalista (no como un significante vacío, a lo Fusaro, sino como una realidad jurídico-legal, tal y como nos contaba Slobodian), y que se abría ahora un nuevo momento en el que no sabíamos muy bien qué podía pasar, pero para el que se empezaban a desarrollar propuestas.

Hay un par de aspectos menores en los que podría discrepar (cómo despacha el trilema de Rodrik, por ejemplo, que tiene mucha más miga de la que él presenta ahí), pero son eso, menores.

Sí hay, sin embargo, un aspecto que me gustaría comentar, y creo que Hernández estaría de acuerdo conmigo: el retorno al estado-nación es una salida falsa. Creo que es algo que se encuentra en su texto, pero que debe ponerse claro y en negrita. El Estado-Nación no es la respuesta. No va a resolver nuestros problemas, al contrario. Los va a hacer más graves. Y la principal razón de esto es una falsa lectura de lo que está ocurriendo. Solemos decir (Hernández lo dice) que el regreso de la soberanía se debe a Estados Unidos, Rusia y China. Esto es cierto, claro. El error no es hablar de soberanía: es pensar que estamos hablado de la soberanía de los antiguos Estados-nación. Nada más lejos de la realidad. Estados Unidos, Rusia y China no responden a esa realidad, sino a la de potencias globales. Ahí es donde se está construyendo un nuevo tipo de soberanía que, siguiendo lógicas que debemos calificar de imperiales, no se restringe a un “territorio”, sino que busca extenderse por el globo. Un claro ejemplo es la Nueva Ruta de la Seda, en la que vemos cómo la soberanía ya no es control sobre el territorio, sino que se extiende a través de una red habitada por diversos actantes, que desempeñan funciones diversas, con grados de soberanía variable. La soberanía ya no se piensa control sobre un territorio, sino como posición en las redes.

Fuente: El País. Tomado de MERICS (Instituto Mercator para estudios sobre China)

Pero esto es así porque Rusia, Estados Unidos y China no son estados nación, como pueden serlo Francia o Alemania. Son potencias globales que están jugando un nuevo juego. Por eso también resulta equivocado hablar del retorno de la geopolítica. No, no retorna nada. Estamos ante algo que es nuevo. Y en este nuevo juego, las reglas antiguas no funcionan. Por eso los tejemanejes de Alemania y Francia para mantener sus intereses en equilibrio en la UE son irrelevantes. O lo serían, si no fuera porque señalan la incapacidad de nuestros dirigentes en convertir la UE en un agente global, tal y como son Estados Unidos, Rusia y China. Una incapacidad que describe magistralmente Esteban Hernández y que se traduce en debilidad, fragilidad y, en el medio plazo, en potenciales perdedores de este juego.

Y es que la única posibilidad, en realidad, pasa por escapar de los límites de los Estados-nación. Como bien saben en el Reino Unido, donde el Brexit no se basó en la idea del Estado Nación, sino en el de la Commonwealth. Los brexiters no querían ser una isla, lo que querían eran volver a ser un imperio (Rule Britannia! Britannia rule the waves. Britons never, never will be slaves). Es decir: convertirse en la cabeza de un nuevo agente global. Que hubiera mucho de fantasía y autoengaño no quita que este fuera el proyecto, al menos para algunos.

File:Rule, Britannia!.pdf

Es por eso que el regreso al Estado-nación como forma de recuperar soberanía es una falsa salida. Lo que necesitamos, como señala Hernández, es una Europa distinta y más fuerte:

“Bastaría con fortalecer la UE, que se decidiera a ser una potencia real y con influencia, que fijase un mejor reparto interno de poder y recursos y que fortaleciese económica y socialmente a sus clases medias y a las trabajadoras. Tan sencillo como eso, y tan difícil que ocurra hoy.”

Y ese es el problema. Cuando se constituyó el Parlamento Europeo en la anterior legislatura hubo una fuerza, encabezada por Tsipras, que buscaba poner a Europa ante el espejo y reclamar que otra Europa era posible (Podemos y Pablo Iglesias eran parte de ese grupo, por cierto, y compartían este discurso). Todos sabemos cómo acabó esto: con Tsipras de primer ministro de un país sometido, aplicando medidas de austeridad y Podemos (“Espera Alexis, que ya llegamos“) callado y evitando (casi siempre) “mentar la bicha”.

Pero ante esta realidad, la vuelta al Estado-nación (como propone Fusaro) no es más que una muestra de impotencia y, además, una falsa ilusión. Lo primero, porque señala el fracaso de los movimientos sociales críticos con el proceso globalizador (de izquierdas o de derechas) de articular una alternativa al mismo; y lo segundo porque, en la UE, lo que sigue funcionando son las lógicas nacionales, y ese es realmente el problema. Da igual que sea Bélgica, Francia, Alemania o Polonia. El problema es que siguen jugando al mismo juego, como si nada hubiera cambiado en los últimos 100 años.

La única salida pasa por forzar ese cambio y para ello lo que necesitamos, como señalaba Nancy Fraser en Escalas de justicia, es una política de representación transnacional, que realice una síntesis entre las políticas de redistribución y las de reconocimiento y que, además, cambie la escala de la acción, saliendo de los límites del Estado-Nación para hacer frente al opresor allí donde se esconde y campa a sus anchas: en las instituciones supranacionales diseñadas por las políticas neoliberales para dejar la democracia fuera de los mercados.

Y todo lo demás, queridos y queridas, son McGuffins.

 

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