La Algameca

Buenas noches, Lucía.

Este fin de semana, fui a la Algameca Chica. Imagino que sabes qué es, ese pueblo, que algunos llaman “la pequeña shangai”, y que es un gran ejemplo de cómo la arquitectura provisional se termina convirtiendo en permanente. Es, además, otro de esos espacios híbridos, como la huerta. O, si quieres, limítrofe. No sólo porque el tránsito de la tierra al mar se produzca, gracias a las casas y a las pasarelas, casi sin fisuras. Sino porque, de alguna forma, nos habla también de un presente denso, en el que convergen diversas capas de tiempo sin que ninguna llegue a ser la principal.

Dejamos el coche en la puerta de Navantia, en la carretera que lleva hacia el faro de Navidad, el rojo, y subimos hacia la puerta del Tercio de Levante, a la sombra de los eucaliptos. Cogimos a continuación el pequeño camino asfaltado que, a la izquierda del acuartelamiento, baja hacia el pueblo, dejando la rambla a la izquierda. Al fondo, por fin, el mar. Y las construcciones precarias, las barracas que componen el pueblo. Dicen que el origen de este sitio fueron unos balnearios que se construían, durante el siglo XIX, para que veraneasen los ricos. Otros remontan el origen del pueblo hasta el siglo XVIII. Sea cual se la verdadera historia, poco importa. La Algameca Chica es una pequeña maravilla, situada en el margen de la historia, que guarda enseñanzas que, tal vez, podamos recuperar para el futuro. Como la autoconstrucción. Jorge Riechman, filósofo, poeta y activista ecologista, tiene un libro titulado precisamente así, y que subtitula La transformación cultural que necesitamos, que no, no habla concretamente de cómo construir una casa usando piedra y mortero, pero sí de cómo construirnos, en común, de otra forma. Como la Algameca.

Si vas, algo que te recomiendo, te aconsejo que luego subas, por la margen derecha, hasta el Reflector y el Arco de la Amalia. Tienes una vista espectacular de un lugar que no todo el mundo conoce, como es la Algameca grande, con el Roldán al fondo. Es una tierra seca, donde el árbol que crece es el pino carrasco, repoblado, y mucho matorral: romero, tomillo, espino negro… Es difícil, y es dura, pero te recompensa con momentos de auténtica belleza. Y cada arañazo, cada raspadura, hace que se te meta un poquito en la sangre.

Hace 80 años, el 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamin se suicidó en un pequeño hotel de Port Bou, cuando la policía española le dijo que tenía que volver a Francia, al carecer de permiso de salida. Antes que caer en las manos de la Gestapo, Benjamin decidió que no le quedaba otra salida, y tomó una caja de somníferos. No soy yo muy fan de Benjamin, al que considero que se ha utilizado de forma abusiva y al que, creo, deberíamos dejar descansar un tiempo, pero resulta inevitable pensar que estamos en una situación similar. Como decía hace unos días el Ministro de Universidades, nuestro mundo, como el de Benjamin, se acaba. Todos lo sabemos, aunque nos resistamos a reconocerlo y prefiramos reírnos del ministro, pero en realidad no hay otra. El mundo se acaba.

Y este fin del mundo, como el de Benjamin o Stefan Zweig (otro autor sobre-explotado y que, también, se suicidó en Brasil, en 1942), viene acompañado de miedo. Miedo que nos produce el saber que tenemos que hacer las maletas, para ir no sabemos dónde. Tal vez, Lucía, la principal tarea que podemos emprender en este tiempo sea dibujar ese lugar hacia el que nos dirigimos. Encontrar formas de contar, de contarnos el futuro evitando caer en la desesperanza que nos conduce a aceptación de algo que consideramos inevitable.

Sí, el ministro tiene razón. El mundo, este mundo, se acaba. Y tenemos que empezar otro. Pero para ello, lo primero es imaginárselo. Y esa, Lucía, es una bonita tarea que hacer en común.

Recuerdo a Benjamin en este pico del Reflector, mirando al Mediterráneo. También él, en Portbou, dio un paseo antes de volver al hotel París. Allí, él también, se asomó al mar, intentando encontrar, tal vez, una salida. Unos días después de su muerte, la policía española decidió dejar pasar a todos los que, como él, habían dejado Francia sin el permiso de salida. Sus compañeros, que habían llegado, como él, sin permiso, lograron cruzar España y llegar a Lisboa, para huir a Nueva York.

Buenas noches Lucía. Hasta la semana que viene.

Enlace al audio del programa.

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