Bibliotecas

Querida Lucía:

Sé que hoy es el día de hablar de las elecciones americanas, de si ganará Biden o de si ganará Trump. De si se recompondrán algunos de los grandes acuerdos internacionales que se rompieron durante el periodo presidencial del último o si, por el contrario, veremos que estas políticas son refrendadas por el voto popular de los y las estadounidenses, lo que nos pondrá en una posición delicada durante los próximos cuatro años.

Pero no voy a hablar de esto. Hoy quería hablar contigo sobre las bibliotecas.

Por esas circunstancias de la vida, esta mañana me he encontrado con mi antiguo profesor de biblioteconomía, Jose Antonio Gómez, y nos hemos tomado un café, hablanod un poco de todo. Del programa Iris de transparencia, en el que él colabora y del que forma parte la Sociedad Filosofía, del estado general de la región, de la vida, de Trump, pero, finalmente, hemos terminado de la que es nuestra pasión compartida. Las bibliotecas.

Creo que en poco sitios he sido más feliz en mi vida que en un biblioteca. Da igual que fuera la British Library, la Biblioteca Nacional o la biblioteca de mi barrio. Entrar en las salas repletas de libros, escuchando solamente el murmullo de las hojas pasar, de los pasos amortiguados por la moqueta o el parqué, es lo más parecido al paraíso que he conocido jamás. Bucear, en la biblioteca de la Universidad de Cambrdige, por esos pasillos de acceso abierto donde la luz se encontraba en una punta y funcionaba con un temporizador. Que el tiempo se acabase y seguir reclinado, sentado en el suelo, leyendo con la luz mortecina del móvil. Bajar hasta el depósito para encontrar ese libro antiguo, o para ver, como aquella vez en la Wellcome Library, el proceso de digitalización de manuscritos persas del siglo XII, bellamente iluminados por artistas desconocidos.          

No te negaré, pero tampoco te confirmo, que durante la pandemia haya buscado en youtube el sonido de ambiente de una biblioteca, para sentirme un poco menos solo leyendo.

Coincidíamos, Jose Antonio y yo mismo, en la necesidad de que las bibliotecas fueran uno de nuestros corazones. Desde luego, el de la universidad, pero no sólo. Que fueran, tras la pandemia, un lugar seguro desde el que volver a leer y pensar el mundo. Lo que siempre fueron.

Hoy, que no es ni el día de las bibliotecas ni nada por el estilo. En la semana en que sabemos que se han cancelado actos culturales, en que el confinamiento próximo parece cada vez más próximo, me acuerdo de todas las bibliotecas y de todos los bibliotecarios donde he estado. Y me acuerdo de aquella biblioteca en Molina de Segura donde obtuve mi primer carnet de lector. Y aquella otra de mi barrio, en Cartagena. La Biblioteca Rafael Rubio, donde ahora trabaja mi hermana. Y añoro aquellas en las que todavía no he estado, pero en las que sin duda quiero estar.

Y espero que, cuando todo esto pase, nos podamos encontrar en una biblioteca.

Hasta pronto.

Puedes escucharlo aquí.

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